¿Sabéis? La gente dice que las cosas malas pasan, que después de un día malo siempre viene un día bueno. Otras personas en cambio opinan que de lo malo no se sale fácil, que hay que tener paciencia. Luchar, lo llaman.
Yo creo que igual que nunca vives la mejor experiencia de tu vida un día sin más, tampoco vives la peor. Porque seguro que vendrán muchas más historias más adelante. Lo mejor de tu vida puede pasar un lunes y ser el más feliz del mundo. Pero tres años más tarde vuelve a pasarte algo maravilloso un miércoles y lo colocas en el número uno de tu lista.
Igual pasa con lo malo. Hay un día que dices que no puede haber nada más en el mundo que te pueda doler tanto, que seguro que es lo peor que puede pasarte. Te repites una y otra vez que estás fatal, que lo que ha ocurrido en tan solo un segundo te ha destrozado la vida. Pero lo que no sabes es que lo más seguro es que eso no vaya a ser lo peor de tu vida. Que como dicen, saldrás adelante, vivirás más experiencias buenas y otro día, en otro segundo totalmente distinto, volverás a apuntar en tu cabeza el peor día de tu vida. Puede ser por una ruptura, por la muerte de alguien cercano, por separarte de tu mejor amigo, porque te disparan o te atracan. Seguro que hay millones de momentos malos y nunca vas a ser capaz de decidir cuál va a ser peor.
¿Pero y para qué? Si para uno ese momento bueno o malo va a ser siempre la cima de momentos buenos y malos y no recordarás nunca las veces anteriores que te repetiste: jamás volveré a confiar en alguien, nunca más me separaré de ti, tengo el mejor novio del mundo, lo mejor de todo será empotrarse en la autovía con el coche, seguro que nadie va a acodarse de mi porque no soy importante…
Todos los días están repletos de esos momentos. Y cuando sientes ese placer, esas hormiguitas recorriendo tu tripa que te dicen: “eres el más feliz, nunca vas a estar mejor, parece que el dicho de que todo mejora es cierto.” Pero no, al final eso se acaba perdiendo en otro segundo, y te puedes enterar de tantas maneras… un mensaje, un correo electrónico, una llamada, una visita inesperada, un amigo que hace de mensajero, viéndolo con tus propios ojos… Hay mil formas de enterarse de lo malo y también mil formas de enterarse de lo bueno.
Solo hay que vivirlo.
Una vez le dije a una señora mayor que su nieto al acabar al cole entraría en el instituto de en frente y ella para mi asombro contesto: “Si, si Dios quiere”. En ese momento me quedé helada, no contesté, sólo asentí. Como una señora podía decir aquello sobre su nieto de 4 años. ¡Era tan increíble! Pero cada uno tiene sus creencias. En aquel momento me quedé callada pero ahora le hubiera contestado: “Si los segundos que viven te lo permiten puedes continuar y si no, simplemente tendrás que seguir adelante”.
Es complejo de entender, el subconsciente controla este mundo. Si uno está contento ve el mundo de color de rosa y se cree el más feliz del mundo. Los demás de su alrededor los ve con buenos ojos, y da igual que no estén bien. Porque por lo general, esa persona es feliz.
Y al revés pasa lo mismo. Si tú estás pasando por una mala racha que no sabes cuánto va a durar, piensas: “¿Y por qué los demás están tan bien? ¿Por qué tienen tanta suerte los de mi alrededor y a mí me toca toda la mierda?”
Es un mundo de no acabar, porque pensándolo bien aunque mueras, siempre estarás en la mente y en la vida de mucha gente. Y tú aunque no estés vivo, siempre estarás en el mundo de los vivos. Es difícil cerrar el círculo.
Lo de vivir el momento es una buena frase pero en general las personas no somos capaces de vivir sin planes. Sin recordar el pasado y sin pensar en el futuro. Y sin piedras en el camino que superar nunca se llega a ser feliz.
Porque tristemente el cuento de hadas de “vivieron felices y comieron perdices” es falso. Es sólo para que tardes unos años desde niño en ver la vida, en sufrirla. Todo es como una montaña, para vivir lo bueno tienes que vivir lo malo; y para vivir lo malo tienes que vivir lo bueno.
Es inevitable.
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